“Las esculturas de José Lamiel nos dan en su presencia no una ausencia de elementos, sino una esencia que ha venido para quedarse en lo fundamental”.

Crítico de arte
“lamiel, artesano forjador de volúmenes que en su porte llevan una simbología y sensibilidad teológica”.
El trabajo escultórico de José Lamiel, aun manteniendo siempre una identidad por temática o sensibilidad, evoluciona desde una etapa de un contenido realismo -que abarca desde los años cuarenta hasta finales de los setenta- a una época de plenitud o depuración formal que ocupa aproximadamente sus últimos cuarenta años de producción artística.
Ese primer período, de formalismo lírico, presenta obras ya con evidente identidad personal; un mundo, sobre todo, de niños, mujeres o figuras religiosas tan habitual de la idiosincrasia del artista y en el que, con un lenguaje ya propio, confluyen algunas influencias y sintonías con Aniceto Marinas, Benlliure o Julio Antonio.


A partir de los años 70 el autor avanza hacia una plena estilización de sus piezas escultóricas, con unos primeros años de transición, en los que, aun tímidamente, las figuras se van despojando de caracteres buscando lo fundamental y nuclear en la expresión, para culminar ese objetivo pocos años después con un esencialismo dinámico en el que las representaciones, en mayor medida mujeres o niños, quedan desprovistas prácticamente de rasgos, con una desnudez de detalles donde domina la curvatura de unas formas que nos hablan desde cierto movimiento contenido, quizá como aquel “sagrado temblor” místico, el nivel más profundo e inefable de la intimidad. En esta concepción de la escultura Lamiel convive en su trabajo, en alguna medida, con la sensibilidad de Hans Arp, Brancusi, Henry Moore o Barbara Hepworth.
César González Ruano
Periodista y escritor español